Domingo, septiembre 21, 2014
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La Diócesis de Engativá

La Diócesis de Engativá

Como ya se nos ha recordado, pertenecemos a la Diócesis de Engativá, momento preciso entonces, para que conozcamos los inicios y la historia de la que hoy abarca nuestra localidad de Suba y como llegaron a convertirse en una región importante en el la capital para la evangelización:

1.    Así nos constituimos como Diócesis 

En 1970, Monseñor Aníbal Muñoz Duque, Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Bogotá, con el objetivo específico de “realizar una pastoral adecuada y ágil, la atención más inmediata de las parroquias…y el diálogo más constante y personal con los sacerdotes” creó, para el noroccidente de Bogotá, la Vicaría Episcopal de la Sagrada Eucaristía (Dcr. 139, 8 de septiembre de 1970). De esta forma se daba cumplimiento a las disposiciones del Concilio Vaticano II sobre la reordenación de la estructura pastoral Arquidiocesana, que permitiera renovar la vida cristiana de las comunidades parroquiales y mantener la unidad entre las mismas.

La naciente Vicaría tuvo su sede inicial en la Parroquia La Sagrada Eucaristía y como su primer Vicario fue nombrado el Pbro. Carlos Sánchez Torres, quien recibió a su cuidado pastoral 21 parroquias, agrupadas en tres arciprestazgos.

El 8 de diciembre de 1985, Monseñor Mario Revollo Bravo, Arzobispo de Bogotá, promulgó el decreto 070, con el cual hacía una reestructuración de las Vicarías Episcopales Territoriales, debido al creciente número de nuevas parroquias. Aumentaron así a ocho los arciprestazgos de la Vicaría de la Sagrada Eucaristía. A partir del 29 de enero de 1986 la sede de la Vicaría fue trasladada, por disposición arzobispal, a la Parroquia Santo Domingo Savio.

En 1992, el Cardenal Mario Revollo, en consideración a que “el aumento de la población, del número de parroquias y de las necesidades pastorales aconsejaban revisar la circunscripción que la Arquidiócesis encomendaba a la Vicaría Episcopal de la Sagrada Eucaristía”, decretó la constitución de una nueva Vicaría, llamada San Pedro, para “aliviar y reorganizar la asistencia pastoral en este vasto sector de la ciudad” (Decr. 456, 15 de octubre de 1992). Es así como a partir de octubre de 1992 y gracias a la reestructuración territorial de la Arquidiócesis, la Sagrada Eucaristía quedó atendiendo el sector más noroccidental de la capital, con 31 parroquias agrupadas en cinco arciprestazgos. Las 30 restantes (de la calle 100 hacia el nororiente) fueron encomendadas a Monseñor Carlos Sánchez, quien continuó como Vicario en la recién creada Vicaría Episcopal de San Pedro.

Como Vicario Episcopal del territorio correspondiente a la Sagrada Eucaristía fue designado el Pbro. Carlos Julio López Ramírez, quien tomó posesión de su cargo el 21 de octubre de 1992. La sede de la Vicaría fue trasladada al barrio Santa María del Lago, desde donde prestó sus servicios a partir del 16 de enero de 1993.

El 3 de mayo de 1996 el Excelentísimo Mons. Pedro Rubiano Sáenz, con decreto nº 143, recogiendo los resultados positivos de las Vicarías Episcopales y en razón del crecimiento progresivo de Bogotá, constituyó cuatro Zonas Pastorales Episcopales, colocando al frente de ellas a sus obispos auxiliares. Entre las Vicarias que pasaron a ser en ese momento Zonas Pastorales fue precisamente la de la Sagrada Eucaristía.

El mismo 3 de mayo de 1996, el Señor Arzobispo de Bogotá, mediante Decreto nº 145, nombró como encargado de esta Zona a Mons. Octavio Ruiz Arenas (Obispo Titular de Troina y Auxiliar de Bogotá). El obispo tomó posesión de su nuevo cargo el 9 de junio de 1996, en solemne ceremonia celebrada en la parroquia de San Juan Bautista de la Estrada.

Desde el 1º de junio de 1997 la sede de la curia zonal se encuentra ubicada en el Barrio Bonanza.

El 6 de agosto del año 2003 en la fiesta de la Transfiguración del Señor y en el contexto de los cumpleaños de la fundación de la ciudad de Bogotá, se publicó la creación de las diócesis urbanas, que se desprendían de la Arquidiócesis. Su Santidad Juan Pablo II, con la Bula Pontificia Ad Efficacius Providendum creó la Diócesis de Engativá, cuyo territorio diocesano está conformado por lo que hasta entonces era la Zona Pastoral Episcopal de la Sagrada Eucaristía (localidad de Engativá, el sector occidental de la localidad de Suba y el municipio de Cota) y como primer pastor fue designado el excelentísimo Señor Obispo Héctor Gutiérrez Pabón.

2.    Nuestra historia pastoral

El asunto empezó cuando la Arquidiócesis de Bogotá, convocó una serie de encuentros y asambleas, con el propósito de dialogar sobre cómo se estaba anunciando el Evangelio en la ciudad de nuestros días. Venía tomando fuerza en el ambiente la idea de que la Iglesia caminaba paralela a la ciudad, no inserta en sus realidades, sino al margen de ella. Esto, que era solo una impresión, se verificó como un hecho real, cuando una de las conclusiones de todo este proceso de escucha y discernimiento, afirmó que el “Evangelio no daba forma a la Iglesia” y que ésta aparecía diluida en la gran ciudad.

Esta conclusión, acompañada de otra no menos importante, en la que se constató la ausencia de encarnación de nuestro cristianismo en la realidad,  sembró inquietud en la Iglesia de Bogotá. No fue para menos. Sentir que la Buena Noticia de Jesús de Nazaret no llegaba adecuadamente a millones de habitantes de la ciudad por deficiencias en nuestro anuncio, fue en ese momento y lo es hoy, un llamado a revisar profundamente las causas de esta falla y a dar un giro necesario en nuestro estilo evangelizador.

Nueve años alcanzó a durar este camino, en el que se procuró favorecer la participación de todos los miembros de la Iglesia,  jerarquía, vida consagrada y laicado.  También se escuchó la voz de otras iglesias diferentes a la católica y de representantes de la sociedad civil. La figura de caminar juntos en la búsqueda de respuestas acertadas a los problemas encontrados, lo que se denominó Camino Sinodal, marcó, de alguna manera, un nuevo tiempo para la Iglesia en Bogotá, asumido con énfasis distintos, con mayor o menor intensidad, por las distintas zonas pastorales en que estaba dividida la Arquidiócesis por aquel entonces.

El fundamento de la respuesta a estas voces de la ciudad nos lo dio la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37). Lo hemos sentido  como una clara señal del Espíritu de Jesús para la Iglesia de Bogotá. Acudir a esta narración hecha por Jesús de Nazaret y compartida por el Evangelio de Lucas, fue fruto privilegiado de la Asamblea Sinodal. Desde entonces, por el año 1998, en el que se dio a conocer esta opción de la Iglesia arquidiocesana, no ha dejado de sonar la parábola del Buen Samaritano en la reflexión y acción pastoral de algunos sectores de la Iglesia, que se han dado a la tarea de  hacer su camino bajo la luz de este hecho de humanidad que quiso dejarnos Jesús, como una síntesis de su Evangelio.

La Diócesis de Engativá, en continuidad con esta  historia precedente, como hija de la Arquidiócesis de Bogotá, dos años después de su fundación canónica, en el año 2005, en el marco de la Segunda Asamblea de Pastoral  Diocesana, inició un esfuerzo significativo de búsqueda pastoral, de un camino de apropiación de la idea de evangelizar la ciudad, inspirada en la parábola del Buen Samaritano. En aquella ocasión, la asamblea diocesana recibió con expectativa, el lema que la Vicaría de Pastoral propuso como horizonte para el Plan Pastoral Diocesano: “Hacia la Ciudad de la Misericordia, más Humana y Fraterna”.

Se definía de esta manera, una acción pastoral con el rostro propio de una Iglesia naciente, dispuesta a emprender la aventura de fundar nuevos caminos evangelizadores, abiertos al encuentro expectante con una ciudad, símbolo de los progresos modernos y de las transformaciones humanas y sociales más sorprendentes, traídas por la irrupción de una nueva época

Se recogían con este lema los pasos dados en la historia reciente, en que siendo la Zona Pastoral de la Sagrada Eucaristía, habíamos conseguido colocar las bases de lo que hoy somos como Iglesia Diocesana. La experiencia de configurar en todos sus detalles un plan pastoral, con la novedad de aprender a caminar juntos en la organización y planeación metodológicas, pero, sobre todo, en el espíritu samaritano del plan, que comenzaba a alimentar nuestras esperanzas, hizo de esos años de Zona Pastoral, un tiempo fecundo  del que, ahora, no sin dificultades y paciente espera, vemos  levantar sus primeros frutos,  como el sol sobre las montañas, cuando se anuncia un nuevo día.

 

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